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En el Egipto Antiguo, el rey era considerado como un dios viviente y el protector de la gente mediante su contacto con los dioses.  La tarea del rey era mantener en el mundo el “ma’at” – un perfecto estado de equilibrio que significaba que todo estaba bien.  La historia del Egipto se divide en dinastías: los períodos en donde una familia única gobernaba la nación.  Cuando no existía un heredero natural y el nuevo rey provenía de otra familia, había un cambio de dinastía.  Por ejemplo, Horemheb, el último rey de la 18ª Dinastía, no tenía un hijo, por lo tanto adoptó a un joven: Rameses I, el primer rey de la 19ª Dinastía.

El precio que la gente pagaba por tener a un rey encargado con el ma’at se cobraba por impuestos.  Los impuestos provenían de las cosechas u otros productos que la gente generaba.  Una de las maneras en donde sabemos la duración de un rey del Egipto es contar el número de “recuentos de vacas” durante su reinado.  Cada año, los cobradores de impuestos contaban todas las vacas de un granjero para determinar la cantidad que tenía que pagar.  La evasión fiscal existía, aun en el Egipto Antiguo, y se consideraba como una forma de traición.  El implicado era mandado a la cárcel y/o bien golpeado. 

El rey gobernaba desde la capital política de Memfis en el Bajo Egipto, pero pasaba una buena cantidad de tiempo en la cuidad de Tebas en el Alto Egipto, que era la capital religiosa.  El rey no podía gobernar solo y contaba con un gran gobierno para apoyarlo.  Tenía consejeros, señores regionales, soberanos locales, alcaldes de pueblos y consejos de aldeas.